Ya en el siglo XX se dijo que estábamos ante la primera generación de la historia de la humanidad que dejaba voluntariamente morir a gente de hambre. Hasta entonces, el hambre era inevitable, pero los avances tecnológicos hicieron posible producir alimentos para toda la población.
Tragedia alimentaria
Los datos del derroche resultan sorprendentes. Su cuantificación precisa es un primer reto, pero según la FAO se pierden el 24% de las calorías producidas. A nivel mundial, casi un tercio de los alimentos disponibles van directamente a la basura.
Las campañas existentes suelen cargar las tintas sobre el consumidor final, como en una reciente de Hiperdino, en la que afirma que el 90% del desperdicio se da en los hogares. No es verdad. Lo que sí ocurre es que grandes compañías como esa, a través de la publicidad, dominan los medios de comunicación, como también tienen gran influencia en muchas de las leyes. Un ejemplo es la reciente ley española contra el desperdicio, que alaba la actuación de las empresas y dice que estas “trabajan para poder aprovechar la mayor cantidad de alimentos”. No es verdad. Las pérdidas se dan en toda la cadena alimentaria: producción, distribución, venta y consumidores finales.
Además de cantidades aberrantes de alimentos, con ellos van a la basura el agua, la energía, el trabajo, etc. empleados en producirlos. Cuando se tiran plátanos de manera planificada, con ellos se tira el agua valiosa que se ha usado para producirlos.
La alimentación está rota
Hay lujo y hay mala alimentación. La propaganda intenta manifestar estas dos realidades por separado, pero en buena media los que viven en el lujo son los mismos que hacen negocio con el derroche.
Normalmente, el desperdicio es presentado como algo lamentable que está en proceso de desaparición. Como un “daño colateral”, como un problema de ineficacia que estamos combatiendo. La ley española dice que “los esfuerzos realizados en la lucha contra el desperdicio alimentario parecen haber sido insuficientes”. ¿Es así? Tenemos serias dudas sobre tales esfuerzos.
El hambre ocurre al tiempo que aumentan los precios. ¿Casualidad? La asociación Despilfarro alimentario afirma que lo alimentos producidos superan en un 50% las necesidades de la población mundial, mientras casi un tercio de la humanidad sufre carencias graves. Cada día mueren por hambre, o sus consecuencias, 140.000 personas.
Alimentación, cuestión de clases
En Canarias, por ejemplo, cada orca del parque acuático consume 35 k/día de pescado traído del mar del Norte. Al mismo tiempo, los niños presentan déficit de pescado en su alimentación, en cantidad, calidad e incluso transparencia de la información, como es el caso en los comedores escolares.
Aunque la ley española dice que “el mundo desarrollado produce hoy alimentos en cantidad y calidad suficiente para la mayoría de su población, permitiendo un reparto adecuado y a un precio razonable” y que “aun existiendo todavía bolsas de pobreza en todas las sociedades desarrolladas, el acceso de la inmensa mayoría de su ciudadanía a comida suficiente y de calidad está asegurado”, la realidad es que los precios se han disparado. No es fácil saber cuánto, el primer problema es la cuantificación. En algunos productos, como la vivienda, han subido más las de menor coste que las de lujo. Algunos economistas señalan que, en general, en los últimos veinte años en el mundo desarrollado los precios han subido entre el 50 y el 95%. Mucho peor en países empobrecidos. Ello siguiendo las leyes de la pinza Estado-Mercado, sin la oposición decidida del variopinto Tercer Sector. En el sistema el negocio quiere, primero, seguridad y después beneficio. Es debatible hasta qué punto la inflación sea algo “natural” o forzado. El teólogo e ingeniero González Carvajal dice que es un robo.
El hambre es negocio
La humanidad prefiere que los alimentos sean para alimentar, pero, de hecho, los alimentos son realmente un arma, un medio de explotación. No son sobre todo PARA ALIMENTAR, SINO PARA AUMENTAR EL DINERO DE UNOS POCOS. Esto es una falta grave de democracia, que se sostiene a través de la fuerza bruta, y de la colaboración cómplice de los que manejan los conocimientos.
El Sistema alimentario está totalmente globalizado. En cada vez más lugares del mundo se eliminan fuentes alimenticias y se transforma el terreno en plantas que generen energía.
Los transportes de los alimentos son otro negocio. En Valencia es normal que Consumer (hipermercados de origen valenciano) venda naranjas de Sudáfrica. En Canarias se venden “papas con mojo” que vienen de Israel.
El modelo de alimentación que se propone tampoco es el mejor. Entre otras cosas, tiene exceso de carne y aditivos. De los que evitan estos hábitos, también se hace negocio ¡y hasta más negocio! De forma que la alimentación “sana” suele ser más cara, inaccesible para la mayoría. Se dice que dentro de veinte años hablaremos de los precocinados como hoy hablamos del tabaco.
Respuestas en marcha
La sociedad se mueve. Algunos movimientos, como el ecologismo, tienen aportaciones serias al respecto. Tanto la crítica que realizan como las acciones que desarrollan, y su posible influencia en los programas electorales y legislaciones.
Otros se mueven como consumidores que reivindican. Algunas veces articulan modalidades de cooperación difícilmente sostenibles frente al mercado. A veces se soluciona con mucho trabajo gratuito, pero a menudo ni siquiera así. Las formas más privadas, como pequeños huertos, tienen dificultades para el uso de maquinaria eficaz, y a algunos huertos urbanos no les queda más remedio que usar agua potable, que es otro derroche.
Hay movimientos generalizados, y a veces poco organizados, que se mueven en lo que podríamos llamar Anticonsumismo. Reducir el consumismo y consumir lo necesario es mejor que el consumismo.
También se mueven los hambrientos, tanto en cultivos como haciendo comedores o asociaciones, como los cartoneros argentinos y muchas otras. Son muy diferentes, nada es perfecto y nada es inútil. Y ojo, el sistema siempre intenta integrarlos.
Cuando el movimiento es poco eficaz
Muchos movimientos son poco eficaces, en realidad, porque no afectan a las estructuras, y por eso son tolerados, y a veces potenciados. El sistema tolera un grado de discrepancia, intenta integrar las fuerzas de cambio, de forma que orienta las velas de los que quieren cambios hacia reformas que den beneficios a los de siempre si es posible, y si da pérdidas, a que den las menos posibles. El sistema está dispuesto a aumentar el número de sus beneficiarios… si los convierte en cómplices.
Los diferentes Estados aceptan legislaciones muy variadas sobre despilfarro. Unas son más partidarias de sanciones y otras menos, pero en general son reformistas, no van a las causas del problema. No van contra el negocio. Van contra las “peores formas de…”, como en cualquier otro problema. Intentan rentabilizar la buena fe de los activistas. De forma que los hipermercados implementan alguna forma de contabilidad (aunque el sistema de inspección es poco potente), pero sobre todo intentan vender más barato a los más pobres, para así evitar costes de gestión de basura.
Un nuevo “nicho” de negocio, y el intento de no cargar con la mala imagen de no permitir que los marginados recojan alimentos desde la basura.
El greenwashing
Que a los supermercados no les interesa la solidaridad se hace evidente cuando vemos las pocas estanterías para “venta bajo coste” frente a las enormes estanterías de alimentos para mascotas. Estos últimos no se incluyen como derroche en las leyes que conocemos, aunque el economista inventor del “índice de desarrollo humano” haya puesto en relación el hambre con el número de mascotas. Ya hay alimentos gourmet para mascotas de 50 €/kilo en supermercados de barrios en los que también se pasa algún grado de hambre, y mucha desnutrición.
Hay importantes movimientos que critican hacer del ecologismo un negocio.
Todo ello nos ha llevado a afirmar que las leyes de alimentos son, a veces, solo un inversión en imagen. Es más claro lo del “lavado de imagen ecológico” en que han entrado las grandes multinacionales de la energía, por poner un ejemplo. Es el capitalismo.
Una acción verdaderamente transformadora
Conviene actuar teniendo en cuenta, como dice Francisco, que “Todo está conectado”. Hay que ver las fortalezas y límites de las acciones, del ecologismo, de la subida de precios, del derroche.
Hay que conectar con otros. Hoy estamos intentando conectar un hecho social con las causas de lo que queremos plantear. Hablar de derroche con otros es posible. Cualquier persona de la sociedad se siente interpelada con el hecho de que se tiren alimentos. Esto es puente para poder dialogar de las causas del hambre. El dialogo con otras personas es necesario, y tenemos que ser puente con otros. Enlazar derroche y subida de precios, hace pensar.
Nuestro logo, que es un delantal, se identifica con el pueblo porque muchos lo han usado alguna vez. También son un puente de diálogo los medios que utilizamos. Para ser puente tenemos que saber escuchar lo que los demás te puedan aportar. El diálogo exige creatividad y escucha, acogida de las experiencias e ideas de otros.
Juan Pablo II decía que vivimos en un mundo en guerra. ¿Lo creemos de hecho? Ser consciente de vivir en un mundo en guerra quizá deba llevarnos a unas acciones que, partiendo de lo concreto, nos puedan llevar a actuar contra las causas. No tenemos que ser pesimistas ni optimistas. Tenemos necesidad de ver las causas, sus consecuencias y realizar acciones con realismo.
Stopderroche Canarias

