martes, 17 de febrero de 2026
jueves, 12 de febrero de 2026
Paco Vaquero ¿Podríamos tener una mejor democracia?
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¿De qué hablamos hoy cuando hablamos de valores democráticos?
Hoy se nombran constantemente los valores democráticos. Se invocan en discursos institucionales, en campañas electorales, en declaraciones solemnes, en celebraciones oficiales. Algunos discursos los presentan como algo evidente, casi natural. En otros, la impresión es que se los nombran como por obligación; en otros como baluartes a defender ante el avance del irracionalismo y los extremismos tan en boga.
Precisamente por eso conviene detenerse y hacerse una pregunta incómoda:
¿qué se entiende hoy, realmente, por valores democráticos?
Porque si se escucha con atención, lo que aparece una y otra vez es una versión reducida, empobrecida y profundamente domesticada de la democracia. Una democracia convertida en procedimiento, casi un ritual. Un acto puntual que se ejerce cada cierto número de años y que consiste, básicamente, en elegir entre opciones previamente definidas por otros.
Votar, sí. Pero poco más.
La democracia liberal contemporánea ha logrado algo muy eficaz: presentarse como el único
horizonte posible, mientras vacía de contenido el sentido profundo de lo democrático.
Se nos dice que vivimos en democracia porque votamos, porque existen instituciones, porque
hay división (formal) de poderes. Y sin embargo, cada vez más personas sienten —aunque no
siempre sepan expresarlo— que no deciden sobre lo que afecta a sus vidas, que no influyen
realmente no solo en las grandes orientaciones económicas, sociales o culturales, sino en lo que
atañe a su día a día directo donde, a trancas y barrancas, se esfuerzan por sacar adelante sus
aspiraciones.
Cada vez más personas sienten, que su participación termina exactamente donde empieza lo importante.
Aquí aparece la primera gran manipulación, confundir:
- democracia con legalidad,
- democracia con procedimiento,
- democracia con “estabilidad del sistema”.
Desde una mirada humanista, esto es claramente insuficiente. En realidad es el gran problema de raíz.
Porque la democracia no es solo una forma de organizar la sociedad (incluyendo el poder):
es una forma de entender al ser humano y su proceso de desarrollo.
Y ahí es donde los llamados “valores democráticos” revelan su verdadero alcance, o su
vaciamiento.
Desde esta perspectiva, el valor de la no violencia no es un adorno moral ni una consigna
ingenua: justamente es un valor democrático central.
No hay democracia allí donde la violencia — en cualquiera de sus expresiones: física, económica,
psicológica, emocional, género, cultural, religiosa..— organiza la vida social.
No hay democracia cuando se normaliza la exclusión, la precariedad, el miedo o la humillación
como mecanismos de gobierno.
Del mismo modo, la igualdad de oportunidades no puede reducirse a una fórmula retórica. No
basta con proclamar que “todos somos iguales ante la ley” si las condiciones materiales de
partida hacen esa igualdad irrelevante.
Una democracia que acepta como normal que el lugar de nacimiento, la clase social, el género,
las creencias religiosas, la cultura o el acceso a recursos determine el destino de las personas es
una democracia fallida y profundamente limitada.
Y por supuesto, nunca habrá una verdadera democracia mientras el patriarcado como
sistema rector, siga operando.
Lo mismo ocurre con la llamada separación de poderes. No como esquema formal, sino como realidad efectiva. Porque cuando los poderes económicos condicionan de forma sistemática a los poderes políticos; cuando los medios de comunicación moldean la opinión pública al servicio de intereses concentrados; cuando el poder judicial se politiza o se instrumentaliza, la separación de poderes deja de ser un valor democrático y se convierte en una ficción. Y eso hace mucho que ya sucedió.
El problema no es solo que estos valores se incumplan.
El problema es que se redefine la democracia para que no sea necesario cumplirlos.
Así, se nos invita a defender “la democracia” mientras se restringe la capacidad real de elegir. Se nos pide adhesión a los valores democráticos mientras se desactiva la participación, se fragmenta a la sociedad y se reduce lo político a una gestión técnica de lo inevitable, o una discusión entre “quienes saben”.
Frente a esta deriva, el Nuevo Humanismo propone un desplazamiento profundo:
volver a situar al ser humano —a cada ser humano— como valor central y no como medio.
Desde ahí, la democracia deja de ser un simple sistema representativo y pasa a ser un proceso vivo, en el que las personas no solo eligen representantes, sino que participan, deliberan, deciden y construyen. Y lo que es más importante: se responsabilizan de sus decisiones. Esto es: una democracia donde la libertad no es solo formal, la igualdad no es solo jurídica (si es que eso existe) y la participación no es solo simbólica.
No se trata de idealizar ni de negar las conquistas históricas. Se trata de no confundir el punto de llegada con el punto de partida, ni el mínimo aceptable con el máximo deseable. Se trata de recuperar el sentido perdido de palabras que han sido gastadas por el uso interesado, y recuperarlos ejerciendo en la práctica los derechos que tenemos las personas. Los derechos que han sido hurtados históricamente: la votación directa de leyes, la elección directa de tribunales y fiscalías, la presentación de iniciativas legislativas, el respeto a las minorías..entre otros.
Porque cuando todo se llama democracia, incluso lo que la vacía, la tarea más urgente no es defenderla sin crítica, sino redefinirla desde los valores humanistas.
Se trata de hacer efectivo mediante la acción el hecho de que la democracia no empieza en las urnas, sino mucho antes: en la manera en que nos relacionamos, en cómo resolvemos los conflictos, en cuánto poder real tenemos para decidir sobre nuestra propia vida y sobre el mundo que compartimos.
La democracia empieza ahora.
(Paco Vaquero, lunes, 26 de enero de 2026 invierno hemisferio norte)
lunes, 9 de febrero de 2026
Premio Doramas a Froilán Rodríguez
Gilberto Moreno/facebook
Fue quien me introdujo en la política hace ya más de treinta años, y con quien compartí los valores de trabajar por los demás y por una tierra diferenciada como nuestra Canarias, por un lugar único como Arucas.
Que en la política haya personas que se ocupen de su tierra es vital, porque nadie cuida mejor lo que ama y conoce de verdad. Son esas personas las que entienden que un pueblo no es solo un lugar, sino su gente, su historia y su futuro; las que trabajan no por ambición, sino por responsabilidad, poniendo el corazón en cada decisión y el bien común por delante de todo. Cuando alguien defiende su tierra desde la honestidad y el compromiso, la política deja de ser un discurso y se convierte en servicio, en cuidado y en esperanza compartida.
Froilán Rodríguez ante todo es médico y siempre lo ha sido y será, pero además tuvo la enorme responsabilidad de ser alcalde de Arucas durante doce años, y que en mi opinión no lo ejerció como un cargo, sino como una forma de estar al servicio de los demás. Gobernar con cercanía, escuchando a la gente y poniendo siempre por delante el bien común, dejó una huella que va mucho más allá de las decisiones concretas o de los inevitables errores que acompañan a cualquier camino largo y honesto.
Compartí dos años siendo concejal contigo y con el equipo, recordándolo por la voluntad sincera de ayudar, por la puerta abierta y por el compromiso con Arucas y sus vecinos.
Todo un honor Froilán entregarte el premio Doramas - Alma Gran Canaria, por tu labor política y tu defensa de un concepto nacionalista integrador y necesario. Gracias por esos años de entrega, por el tiempo dedicado y por haber entendido la política como lo que debe ser: un servicio a la comunidad.
domingo, 8 de febrero de 2026
Cafe Despacio, teatro sobre migraciones
Derroche STOP, derroche STOP
Si hay algo que me envenena,
y es una contradicción
es que hay comida pa todos
y hay hambre para un montón.
Este mundo de derroche
necesita solución
y por eso a tu conciencia
lanzamos está canción.
Derroche STOP, derroche STOP
Toda la gente en Canarias
al derroche dice STOP
Pasa en nuestra casa a diario
y en el super un montón,
en el campo y en las granjas
se tira sin compasión
para que suban los precios
o que se vendan mejor
si están los tomates feos
se van al contenedor.
Los pequeños campesinos
en esta competición
dicen, con todo sentido,
que esto es una sinrazón.
Comer no sólo es negocio
ni es tanta especulación.
Cada vez hay más azúcar
pero peor nutrición.
Cuando tiramos comida
actuamos como un ladrón.
Lo dijo el Papa Francisco
y no le faltó razón,
porque en la mesa del pobre
si le falta el pan de hoy
habiendo tanto derroche
se nos parte el corazón.
Y es que está todo afectado:
Sanidad, despoblación,
paro, trabajo precario,
virus, contaminación…
Encuentros por el socialismo en Canarias: "Nos reconocemos en la derrota y tenemos todo un mundo por ganar"
Eugenio A. Rodríguez
viernes, 6 de febrero de 2026
Segundo Díaz Santana (+). El presente como Sacramento. Ana Díaz/Francisco López/Cristobal Déniz/Esteban Velázquez
Segundo Díaz, una vida con calidad
Ana Díaz
Con el transcurso del tiempo, la amistad va adquiriendo distintas tonalidades y formas. Están aquellos amigos con los que compartes la rutina; hay otros que te encuentras de vez en cuando, pero con los que enganchas enseguida en aquella última conversación, como si no hubiera pasado el tiempo. Y, luego, hay otros amigos como Segundo Díaz.
Segundo falleció ayer después de una larga enfermedad, la cual supo afrontar con valentía y sin perder el buen humor. Fue un amigo “intermitente” en el sentido más positivo de la expresión. Lo conocí en mis primeros ejercicios espirituales, cuando yo tenía 9 años. Desde aquel momento se dirigía a mí llamándome "hermana" porque, casualidades de la vida, teníamos los mismos apellidos. En aquellos ejercicios me transmitió un pensamiento que me ha acompañado toda la vida: “Hay que vivir cada momento con calidad —me dijo— porque este día, este minuto de este mes y año, no se repetirá jamás”.
Vivir el presente con calidad es cómo definiría la existencia de Segundo.
Años más tarde volví a saber de él. Recién ordenado sacerdote, estuvo en Ingenio, mi localidad natal. Fue poco tiempo, pero el necesario para llegar al corazón de todos. Su cercanía y empatía hicieron que, aún hoy, lo nombren como el cura joven que se ganó al pueblo convirtiéndose en un vecino más.
Su capacidad y deseo de entablar relación con la gente fue, quizá, la razón por la que decidió dominar la lengua de signos y la lectura labiofacial, llegando a ser uno de los primeros sacerdotes en esta diócesis que podía conectar con las personas sordas.
Destacaba en él una gran capacidad de reflexión y estudio al servicio de la pastoral, aportando ideas y herramientas válidas para avanzar en el razonamiento de la fe. Profesor del Instituto Superior de Teología y doctor en Eclesiología, proponía una nueva evangelización sencilla y cercana, siguiendo la estela del Concilio Vaticano II dentro del contexto globalizador.
De todo esto hablábamos cuando pasaba por el Obispado y se acercaba a saludarme. Pero también comentábamos los acontecimientos de nuestra vida que nos preocupaban y alegraban. En los últimos años, cuando ya caminaba acompañado de su enfermedad y le preguntaba: “¿Cómo estás?”, me contestaba: “Vivo”. Él era presente.
Cuando me enteré de su partida, busqué sus últimos mensajes de WhatsApp y en ellos encontré presencia. En los momentos más importantes de mis últimos tiempos, supo transmitirme lo que era él: cercanía, positivismo y ese humor suyo tan fino e inteligente; como cuando le preguntaba por teléfono: “¿Puedes atenderme ahora?” y me respondía riendo: “Un segundo”.
Esta ha sido una semblanza rápida de mi “hermano” Segundo. Seguro que, con más sosiego, vendrían a mi mente muchas anécdotas vividas en esa amistad con pausas, pero sólida y de verdad. Quede esta nota, por lo pronto, como testimonio de mi cariño.
Con el corazón triste, pero lleno de gratitud, escribo estas líneas para despedir a mi querido profesor y amigo, el sacerdote diocesano Segundo Díaz Santana. Ayer, la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria se quedó un poco más huérfana con su partida, tras una larga enfermedad. Para quienes tuvimos la inmensa fortuna de cruzar nuestros caminos con él, su ausencia deja un vacío que solo puede llenarse con el recuerdo de su sabiduría, su fe inquebrantable y, sobre todo, su inmensa humanidad.
Debió ser el 19 de diciembre pasado cuando pude compartir con él, por última vez, una charla sobre nuestro interés común por la Teología y la vida de nuestra Iglesia. Y Segundo, con su sonrisa cordial, con una voz tenue, serena y acogedora, con el brillo en su mirada, me seguía animando al estudio, a la reflexión y a la comunión.
Persona despierta y abierta, de gran cultura y cercanía, un intelectual de talla que sabía combinar la hondura teológica con una sonrisa cómplice y un agudo sentido del humor que hacía la vida más ligera y la fe más alegre.
Desde la reflexión eclesiológica era capaz de abrirnos las puertas a un mundo de pensamiento profundo, fue un maestro inspirador que nos desafiaba a pensar por nosotros mismos, y un incansable promotor de la visión del Concilio Vaticano II que nos enseñó a amar una Iglesia en constante renovación.
Su vida fue un testimonio vivo de cómo la inteligencia y el corazón pueden ir de la mano.
Recuerdo con especial cariño sus clases de eclesiología en el Instituto Superior de Teología de las Islas Canarias (ISTIC). Durante años, por sus aulas pasamos incontables generaciones de sacerdotes y laicos, y cada uno de nosotros lleva hoy un pedacito de su magisterio.
Segundo no se limitaba a impartir conocimientos; nos invitaba a la reflexión crítica, al discernimiento y a la encarnación de la fe en la realidad que nos rodeaba. Él nos enseñó a ver la Iglesia no como una fortaleza inexpugnable, sino como un Pueblo de Dios en camino, siempre llamado a la misión evangelizadora.
Su influencia en el Seminario Diocesano de Las Palmas fue incalculable. Nos ayudó a forjar nuestro carácter pastoral, a entender que la doctrina no es un fin en sí misma, sino una herramienta para servir. Pero su labor iba mucho más allá de los muros académicos. Fue un formador de laicos incansable, acompañándonos en nuestro crecimiento en la fe y en nuestro compromiso con la Iglesia y la sociedad. Tenía una capacidad asombrosa para hacer accesible la teología, para desgranar los misterios de la fe con una claridad y una pasión que nos contagiaba a todos.
Su cercanía y su habilidad para conectar con personas de todas las edades y trasfondos (recordamos su gran labor a cargo de la pastoral de personas con discapacidad auditiva) le permitieron sembrar semillas de fe y conocimiento en cada rincón de nuestra comunidad canaria.
El Sínodo Diocesano: el Vaticano II hecho realidad en nuestra tierra
Uno de los momentos en los que más brilló su capacidad para "aterrizar" la teología fue durante el Sínodo Diocesano de Canarias (1992). Segundo fue perito y presidente de la primera comisión, y su liderazgo fue fundamental para que aquel evento no se quedara en papel mojado. Bajo el lema "Nuestra Iglesia diocesana, misterio de comunión", él coordinó el trabajo sinodal, logrando que la profunda reflexión del Concilio Vaticano II se hiciera carne en la realidad de nuestra Diócesis.
Nos enseñó que la eclesiología de comunión no era una teoría abstracta, sino la clave para entender y vivir nuestra Iglesia local. Nos impulsó a asumir la riqueza doctrinal del Vaticano II para responder a los desafíos de nuestro tiempo. Gracias a su visión, el Sínodo promovió la corresponsabilidad de todos los bautizados, dio visibilidad a los laicos y potenció el papel de la mujer en los organismos diocesanos.
Para Segundo, el Sínodo no era solo una reunión, sino una verdadera "mística y espiritualidad" de caminar juntos, vitalizando las estructuras pastorales para las décadas venideras. Él fue, sin duda, uno de los colaboradores de que el espíritu conciliar echara raíces profundas en nuestra Iglesia canaria.
La Cuestión Social y los Pobres: la Lección de Monseñor Pildain
Su compromiso con la Iglesia local y su sensibilidad por los más vulnerables tenía raíces profundas, y una de ellas fue su fascinación por Monseñor Antonio Pildain y Zapiain. Su tesis doctoral fue un estudio exhaustivo sobre este gran obispo canario (1937-1966).
Segundo nos hizo redescubrir a Pildain como un auténtico "Pastor amante de los pobres". Nos mostró cómo para Pildain, la solicitud por los necesitados no era una opción, sino una característica esencial de la verdadera Iglesia de Cristo. Recuerdo cómo nos hablaba de la valentía de Pildain al denunciar las injusticias sociales y su empeño en conocer la realidad de la pobreza "con caracteres de fuego" en el corazón de los sacerdotes.
Esta sensibilidad social de Pildain, que Segundo estudió con rigor académico, marcó profundamente su propia teología, vinculando la eclesiología con la praxis de la caridad y la justicia. Para él, el magisterio de Pildain era un valioso antecedente de la "Iglesia de los pobres" que nos propuso el Papa Francisco.
El Pensamiento Teológico: la Estela Viva del Vaticano II
El corazón de su pensamiento teológico latía al ritmo de la "estela" del Concilio Vaticano II. Para Segundo, el Concilio no era un evento del pasado, sino un "rastro que deja tras de sí un objeto en movimiento", una fuerza dinámica que debía seguir guiando a la Iglesia. Nos enseñó que el Vaticano II fue un "esfuerzo sincero y serio" por responder a las preguntas de la modernidad, marcando el paso de una Iglesia defensiva a una que usaba la "medicina de la misericordia”.
Nos recordaba constantemente la "revolución copernicana" de la Lumen Gentium, que sitúa el capítulo sobre el Pueblo de Dios antes que el de la jerarquía, una "revolución mental constante" que nos obligaba a entender la jerarquía como un servicio al pueblo.
Para Segundo, ser fiel al Concilio significaba estar siempre atentos a los signos de los tiempos, porque "la Iglesia no puede responder hoy con la misma respuesta que dio hace medio siglo". Él nos impulsaba a buscar "nuevos lenguajes" y una "nueva hermenéutica" para que el mensaje de Jesús llegara al corazón del hombre contemporáneo.
Nuestro Amigo: cercanía y Sentido del Humor
Además de su intensa labor académica, Segundo desempeñó con dedicación el cargo de Delegado Episcopal de la Vida Consagrada. Fue un guía y un puente para las comunidades religiosas, siempre promoviendo la fidelidad al carisma original en diálogo con las necesidades actuales.
Pero más allá de sus títulos y cargos, lo que más atesoraré de Segundo es su humanidad excepcional. Su cercanía y su capacidad para establecer relaciones auténticas eran rasgos distintivos. A pesar de su vasta erudición, nunca fue distante; al contrario, siempre estaba dispuesto a escuchar, a dialogar y a compartir su conocimiento con humildad y generosidad.
Su gran sentido del humor era una de sus marcas más entrañables. Era capaz de iluminar cualquier conversación o clase con una anécdota ingeniosa o un comentario perspicaz, demostrando que la seriedad de la teología no estaba reñida con la alegría y la ligereza del espíritu.
Con él, aprendimos que la fe se vive con alegría y que el Evangelio es siempre una buena noticia.
Un abrazo amigo.
Agradecimiento y reconocimiento de un jesuita a Segundo Díaz
Acabo de enterarme de su fallecimiento. Creo que lo mínimo que debo hacer es poner por escrito lo mucho e intenso que siento en estos momentos de agradecimiento a él. De hecho, estas navidades, en mi habitual viaje navideño a mi tierra canaria, fui a verlo a la residencia sacerdotal. Era una lógica y natural consecuencia y expresión de la amistad y la positiva valoración mutua que siempre nos tuvimos.
Pero quiero limitarme en este escrito a un aspecto de su rica trayectoria que quizás no sea tan públicamente conocido o dado a conocer: su amistad y la estrecha colaboración mutua entre él y los jesuitas. Me refiero al menos a dos hechos:
Que menos, querido Segundo, que darte públicamente las gracias por tu talante y tu papel de facilitador y actor principal de una de las épocas de más directa, intensa y positiva colaboración entre la Compañía de Jesús y la Diócesis de Canarias tanto en la pastoral directa en la diócesis como en la formación teológica de los seminaristas.







