jueves, 2 de julio de 2026
Onalia Bueno: Mogán y el Papa en Arguineguín
miércoles, 1 de julio de 2026
El 10% que más consume es responsable de billones de euros en daño ambiental: “Una mayoría está pagando el estilo de vida de otros”
Un estudio de las universidades de Leiden y Oxford pone precio a la contaminación de la élite del consumo y propone un reparto más justo de los costes desde el principio de ‘quien contamina, paga’
ANA LOZANO DEL CAMPO/EL PAÍS
En el corazón de las políticas ambientales de la Unión Europea está el principio de “quien contamina, paga”, asegura el texto que las articula. Según ese principio, deberían hacerse cargo de más costes quienes más degradación ambiental provocan, que son quienes más consumen y que, además, pertenecen a las rentas más altas. Ahora, un estudio publicado en Communications Sustainability cifra el coste económico del impacto ambiental del top 10% de los consumidores mundiales entre, mínimo, 1.500 y 5.000 billones de euros al año (de 2.000 a 6.500 euros por persona).
El equipo que ha hecho los cálculos, de las universidades de Leiden y Oxford, sugiere que unos impuestos ambientales progresivos, proporcionales a la huella ambiental de los consumidores, serían más justos. “El comportamiento de ese 10%, como viajar en avión a menudo o usar coches grandes, está causando el daño y los responsables políticos tienen la oportunidad de abordar esa diferencia”, explica Inge Schrijver, primera autora. Considera que el enfoque único para todos es, además de menos eficiente, “menos justo”, porque quienes menos consumen acaban “pagando el estilo de vida de otros”.
Proponer una fiscalidad progresiva con fines ambientales no es nuevo. Los impuestos verdes generalizados pueden suponer, proporcionalmente, un mayor esfuerzo económico a las rentas más bajas, como puso de manifiesto el movimiento de los chalecos amarillos en Francia, que empezó en 2018 denunciando la subida del precio de los carburantes. La medida pretendía incentivar la transición ecológica, pero afectaba más a una población obrera, fuera de la capital francesa, que usa más el coche para ir a trabajar.
Schrijver cuenta que, en Países Bajos, igual que en España, el debate gira en torno a la subvención de los combustibles por el aumento de los precios de la energía. En línea con los resultados de su estudio, considera que “los mecanismos de fijación de precios deberían diseñarse específicamente para ser más progresivos. Hay medidas que ayudarían más a los más desfavorecidos que esas exenciones fiscales, como dar ayudas para el aislamiento térmico de las viviendas o la mejora del transporte público”.
Volviendo al estudio, el argumento a favor de gravar más a las rentas más altas es robusto. Estimaron el precio de los impactos ambientales que los mayores consumidores han perpetrado sobre algunos de los procesos fundamentales para la estabilidad de nuestro planeta como ecosistema global. De los nueve límites planetarios definidos en 2009, los umbrales que permiten la vida en la Tierra, solo tomaron los cuatro para los que es posible estimar precios ambientales. Incluso a falta de los otros cinco, el coste del daño causado por el 10% global que más consume se elevó al orden de los miles de billones.
Esta cifra desorbitada es difícil de abarcar sin un contexto. Y esto es lo que termina de dar peso a este estudio: si esa cantidad se recaudase de alguna manera y se destinase a financiar soluciones ambientales, se podría cubrir la brecha que nos aleja de cumplir con los objetivos internacionales de acción climática para 2035 acordados en la COP30, y los de biodiversidad para 2030. Hablamos de unos 589 mil millones y 866 mil millones de euros respectivamente, por lo que, aunque se tratase de inversiones cuantiosas, sobraría dinero.
El equipo calculó la factura ambiental de los mayores consumidores a escala global, pero también de las principales economías mundiales o de su respectivo continente: Brasil, China, Egipto, Alemania, India y Estados Unidos. Los últimos tuvieron consistentemente las cifras más elevadas, seguidos por China en términos globales, pero por Alemania en valores por habitante. En términos per cápita, la factura estadounidense se movería entre los 16.600 y los 55.000 euros anuales, entre un 6 y un 20% de sus ingresos, o entre un 0,8 y un 3% de su riqueza.
“Espero que estos resultados refuercen el mensaje de que quienes más contribuyen a crear estos problemas también deberían ser quienes más contribuyan a solucionarlos. A nivel mundial, esto incluye a muchas personas en Europa y en Estados Unidos, pero dentro de Europa también conviene diferenciar y centrarse en las actividades y sectores más contaminantes, como la aviación, la conducción de automóviles de gran tamaño, las dietas ricas en carne y los combustibles fósiles”, enfatiza Schrijver, cuyo estudio también trata de incentivar a las administraciones para que tomen medidas.
Jeroen van den Bergh, que no participa en el estudio y lidera el grupo de Economía Ambiental y Climática en la Universidad Autónoma de Barcelona (ICTA-UAB), apoya estas tesis y considera que “existen sólidos argumentos para extender el principio de ‘quien contamina, paga’ al consumo individual de alto impacto, especialmente al de lujo, al tiempo que se protegen necesidades básicas y se evitan efectos regresivos”. Y añade que “en las democracias liberales, la fiscalidad suele ser la herramienta efectiva y políticamente más viable, ya que las prohibiciones directas del consumo suelen encontrar una resistencia pública y política mucho mayor”.
Schrijver investiga en el grupo liderado por Rutger Hoekstra, experto en poscrecimiento y alternativas al PIB que también firma el artículo. Podría parecer que un estudio que otorga valor económico a la naturaleza refuerza la lógica capitalista que los postulados poscrecentistas cuestionan. Sin embargo, José L. Oviedo, economista ambiental, reconoce que se trata de dos esferas del conocimiento, una ética y otra instrumental y operativa, que son necesarias y no deberían negarse mutuamente, como a menudo sucede.
Oviedo, del Instituto de Ciencias Marinas de Andalucía (ICMAN-CSIC), señala que “del uso que hacemos de la naturaleza y las decisiones que tomamos en torno a ella emergen valores económicos, aunque muchos no son directamente observables. Pero es obvio que las cifras que emplean estos estudios son instrumentales y hay que entender que son útiles hasta un punto. Por ejemplo, la economía puede tener límites cuando se trata de tomar decisiones de conservación de especies amenazadas, pero puede servir para hacer indicadores que apoyen la toma de decisiones”.
Van den Bergh opina que “poner un precio al daño ambiental no capta todo el valor de la naturaleza, pero ayuda a evitar que las pérdidas ambientales sean tratadas como si no tuvieran ningún valor”. El problema, y es donde Oviedo cree que estos estudios deben centrarse, es que los métodos para otorgar un valor económico a los recursos de los ecosistemas no están estandarizados. “El Sistema de Cuentas Económico-Ambientales de la ONU ha propuesto un estándar para las cuentas biofísicas, pero aún no para las cuentas económicas, ya que no hubo consenso sobre métodos de valoración estandarizados”, cuenta Oviedo para ilustrar el estado de la cuestión.
El economista cree que el desacuerdo está determinado por el debate en torno a la valoración de la naturaleza. “La resistencia de una parte de la comunidad científica a desarrollar métodos de cuantificación y valoración económica estandarizados retrasa que lleguemos a acuerdos y avancemos en nuestro trabajo, porque el sistema de cuentas nacionales se ha quedado obsoleto y necesitamos ir más allá”, expresa Oviedo. Y van den Bergh añade: “Las cifras aún no son concretas, pero el ejercicio resulta útil porque ayuda a contrarrestar las perspectivas centradas en las finanzas y el PIB que dominan los debates políticos”.
Al preguntar a Schrijver sobre las limitaciones del estudio, reconoce que es difícil conocer la huella exacta del consumo y cuantificar con precisión el precio de los impactos ambientales. En el estudio, informan de que los datos para sus cálculos tuvieron que obtenerlos de un manual de precios ambientales de 2017, los más recientes disponibles. Se aventuran a predecir que, como la tendencia no ha cambiado, actualmente los costes serían mayores.
También esperan que, en un futuro, sea técnicamente posible añadir a la ecuación los límites planetarios que faltan, como la contaminación del aire o los cambios de usos del suelo. “Así lograríamos una imagen más completa en la que, seguramente, el coste total de los daños sería mayor”, expresa Schrijver. Aun así, ella quiere cerrar la valoración de su estudio apuntando que “no todo es dinero”: “Realmente, lo más importante es evitar los daños y, para eso, se necesitan normas más estrictas y más regulaciones”.
martes, 30 de junio de 2026
jueves, 25 de junio de 2026
LEÓN XIV: CONTRA EL HAMBRE ABORDANDO AL MISMO TIEMPO LAS CAUSAS DEL HAMBRE. RESISTIR LA MERCANTILIZACIÓN Y LA BUROCRACIA
Distinguidas autoridades, Excelentísimos señores y señoras,
Quisiera agradecer a Su Excelencia la Sra. Cindy McCain por su amable invitación a dirigirme a esta reunión anual del Directorio Ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas. Saludo en particular al Sr. Carl Skau, Director Ejecutivo Interino, y a Su Excelencia la Sra. Carla Barroso Carneiro, Presidenta de esta importante asamblea. Extiendo mis saludos a los Representantes de los Estados Miembros, a los distinguidos invitados presentes en esta reunión y al personal de esta institución intergubernamental, dedicada a salvar vidas en situaciones de emergencia y a brindar asistencia alimentaria en medio de conflictos y desastres naturales. El compromiso de su institución resuena profundamente con la misión de la Iglesia Católica de defender la dignidad humana y fomentar la fraternidad, arraigada en el llamado del Evangelio a amar al prójimo (cf. Mc 12,31). Juntos, compartimos la urgente tarea de enfrentar el hambre y la malnutrición, abordando también las causas estructurales subyacentes que las perpetúan. Para afrontar esta tarea con eficacia, debemos examinar los desafíos que tenemos ante nosotros, sus causas subyacentes y los caminos hacia soluciones duraderas.
Hoy en día, las crisis han evolucionado de eventos aislados a realidades persistentes, marcadas por conflictos prolongados, inseguridad alimentaria crónica, volatilidad económica y creciente vulnerabilidad climática. Esto plantea una pregunta fundamental: ¿qué configuración del orden global es capaz de producir, reproducir y, en ocasiones, normalizar tales condiciones? El problema ya no se limita a cómo intervenir, sino que se extiende a comprender por qué el sistema produce constantemente los mismos problemas que luego se ve obligado a corregir.
El orden internacional se ha fragmentado cada vez más, en parte debido a la crisis del sistema multilateral. Como señalé recientemente en la encíclica Magnifica Humanitas: «las instituciones establecidas para salvaguardar el concepto de un futuro común para todos los pueblos y un bien común global parecen haberse debilitado» (201). Ante la ausencia de un horizonte ético compartido capaz de sustentar una cooperación genuina, el sistema internacional ha pasado del multilateralismo a «un multipolarismo desordenado y conflictivo, con una generalizada sensación de desconfianza» ( ibíd. ). En consecuencia, los Estados han destinado cada vez más sus recursos a la seguridad nacional, el crecimiento económico y la estabilidad interna, sin tener en cuenta el estrecho vínculo entre estas cuestiones y la cooperación multilateral.
Esta tendencia revela una paradoja sorprendente: una capacidad productiva global sin precedentes coexiste con zonas de extrema vulnerabilidad en expansión. Las mismas fuerzas que impulsan el crecimiento económico a menudo exacerban la exclusión y la marginación. Si bien aliviar el sufrimiento humano se reconoce ampliamente como esencial en principio, las preocupaciones humanitarias corren cada vez más el riesgo de quedar relegadas a un segundo plano entre las prioridades internacionales.
Es precisamente en la brecha entre el reconocimiento en principio y la priorización en la práctica donde presenciamos la progresiva burocratización de la solidaridad, junto con la silenciosa mercantilización de la vida humana. Por un lado, la acción humanitaria se ve cada vez más obstaculizada por trámites burocráticos que pueden retrasar la asistencia a quienes la necesitan. Por otro lado, el acceso a bienes esenciales, incluidos los alimentos, suele estar condicionado por consideraciones económicas o estratégicas. En consecuencia, quienes no generan un valor cuantificable corren el riesgo de volverse invisibles.
Esta doble dinámica plantea un grave desafío ético: la persona humana ya no se sitúa sistemáticamente en el centro de la acción internacional. En este contexto, es importante reconocer que, si bien las formas de ayuda y los proyectos de desarrollo se ven obstaculizados por decisiones políticas complejas e incomprensibles, visiones ideológicas sesgadas y barreras aduaneras impenetrables, el armamento no lo está (Francisco, Discurso ante el Consejo Ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos , 13 de junio de 2016). En efecto, los conflictos se alimentan con mayor facilidad que las personas. Esta realidad refleja no solo deficiencias operativas, sino también un desequilibrio fundamental en las prioridades políticas y morales.
Las consecuencias van mucho más allá de los directamente afectados. Más allá de ser una mera preocupación humanitaria, el hambre erosiona la cohesión social, aumenta el riesgo de conflicto e impulsa la migración forzada. Además, debilita la capacidad de los Estados y las sociedades para construir instituciones resilientes, brindar una educación eficaz y fomentar el desarrollo económico sostenible. De este modo, perpetúa ciclos de fragilidad que, en última instancia, afectan a la comunidad internacional en general.
Desde esta perspectiva, queda claro que la acción humanitaria no es ajena al orden internacional. Más bien, refleja la responsabilidad de la comunidad global de fortalecer la solidaridad, resistir la exclusión y reconocer la dignidad inherente, otorgada por Dios, de toda persona. Por lo tanto, más allá de la gestión de crisis, las instituciones internacionales encarnan un principio de responsabilidad compartida y afirman que la comunidad internacional está unida por la preocupación por quienes se encuentran en las situaciones más vulnerables. En este sentido, el Programa Mundial de Alimentos es más que un actor político, económico o técnico; es una expresión concreta de solidaridad internacional. De hecho, allí donde las instituciones nacionales se debilitan y las redes comunitarias se desintegran, su presencia ayuda a evitar que las crisis humanitarias degeneren en un colapso irreversible.
Por ello, es esencial un compromiso renovado con la cooperación multilateral. En un mundo cada vez más fragmentado y multipolar, ningún Estado puede afrontar los desafíos globales por sí solo. La paz duradera y el desarrollo humano integral y sostenible solo son posibles mediante la participación de todos, fomentada por un diálogo internacional genuino y una cooperación orientada al bien común. Este enfoque requiere una firme voluntad política capaz de trascender las perspectivas cortoplacistas e invertir en bienes públicos globales. «Este objetivo solo puede alcanzarse mediante la convergencia de políticas eficaces y la implementación coordinada y sinérgica de las intervenciones. El llamado a caminar juntos, en armonía fraterna, debe convertirse en el principio rector» ( Visita a la sede de la FAO en Roma, 16 de octubre de 2025, pág. 6).
Con este espíritu, deseo hacer un llamamiento a los gobiernos y pueblos del mundo para que renueven y fortalezcan su compromiso, incrementen los recursos destinados a combatir el hambre y sus causas profundas, y eliminen los obstáculos que impiden que la ayuda llegue a quienes la necesitan. Al mismo tiempo, este apoyo debe fortalecer la colaboración con la Iglesia y la sociedad civil. Fortalecer las capacidades de todos estos actores en conjunto multiplicará nuestra eficacia colectiva en la lucha contra el hambre.
Para implementar este llamamiento de manera efectiva, es necesario reducir la burocracia innecesaria para que la transparencia y la rendición de cuentas beneficien a las personas en lugar de obstaculizar la asistencia. En situaciones donde los gobiernos carecen de un control territorial efectivo o el acceso humanitario está restringido, los socios locales de confianza se vuelven indispensables. La Iglesia Católica, a través de parroquias, diócesis, agencias de Cáritas y otras iniciativas religiosas, a menudo llega a poblaciones vulnerables en zonas inaccesibles para los actores internacionales. Por lo tanto, animo al Programa Mundial de Alimentos y a sus socios a que continúen apoyando estos esfuerzos.
Es igualmente importante resistir la mercantilización de las necesidades humanas básicas. Los alimentos, el agua y la atención médica no pueden subordinarse a consideraciones de mercado ni a intereses geopolíticos. El acceso a una alimentación adecuada es un derecho humano fundamental basado en la dignidad de toda persona. Satisfacer esta necesidad no solo alivia el sufrimiento, sino que también aborda las causas subyacentes de la inestabilidad geopolítica. De hecho, la seguridad alimentaria es un componente esencial de la seguridad global e integral.
En este sentido, es encomiable que, además de sus operaciones de respuesta a emergencias, el Programa Mundial de Alimentos extienda su labor más allá del socorro inmediato a iniciativas a largo plazo, como los programas que proporcionan alimentación a escolares. Estas inversiones fortalecen la educación, el desarrollo humano y la resiliencia social, reflejando una visión integral del desarrollo humano que promueve la dignidad, la oportunidad y el bienestar de la persona en su totalidad.
Excelentísimos señores, queridos amigos, lo que está en juego no es solo la eficacia de una agencia, sino también la credibilidad de la cooperación internacional misma. Su organización demuestra que es posible un nuevo camino; sin embargo, se requiere la determinación de simplificar lo que se ha vuelto excesivamente complejo, de priorizar lo esencial y de asegurar que nadie sea olvidado. Porque este compromiso se basa en el reconocimiento de que todo ser humano posee una dignidad intrínseca e inalienable, que permanece intacta independientemente de las circunstancias, las condiciones o la posición social. Arraigada en el amor incondicional e ilimitado de Dios, dicha dignidad puede definirse como infinita, ya que nada puede disminuir, borrar o negar su valor. Es precisamente a partir de la fidelidad a esta verdad que se mide la humanidad de nuestra política y, con ella, el futuro de la comunidad internacional.
Con estos sentimientos, pido a Dios que bendiga abundantemente sus esfuerzos, para que todos reciban su sustento diario y vivan con dignidad. Tengan la seguridad de que rezo por ustedes, sus seres queridos y aquellos a quienes sirven.
Gracias.
sábado, 20 de junio de 2026
Por la vivienda en Schamann
La mañana ha sido realmente reivindicativa y festiva. Estos fueron los lemas y canciones:
El acto culminó en el parque don Benito con diferentes palabras y músicas. Especialmente sugerente fue el recuerdo MEMORÁNDUM EN HOMENAJE A IVÁN LLAMAZARES
A quien leyera estas líneas:
Hoy aquí reunidos recordamos a Iván Llamazares. No porque haya dejado de estar, sino porque su forma de estar en el mundo dejó huella imborrable en todos las que caminamos juntos en el 15M de Las Palmas.
Iván fue de los que no se fueron cuando las cámaras se apagaron. De los que se quedaron a recoger la plaza, a montar la asamblea bajo el sol de la tarde , a discutir hasta tarde cómo hacer una democracia real. Incansable no por terco, sino porque entendía que la justicia social no entiende de horarios.
Lo recuerdo -y te recuerdo, compañero- con el megáfono en la mano en las manifestaciones, pero también barriendo la plaza a las 3 de la mañana. Con la voz firme defendiendo a los desahuciados y la mano tendida al compañero que llegaba por primera vez, perdido pero con rabia en los ojos. Consciente de que la lucha no era un postureo de un día: era cuidar a la vecina, era parar un desahucio, era explicar la deuda con palabras simples, era no dejar a nadie atrás.
Iván nos enseñó que ser consciente no es sufrir por el mundo. Es ocupar el espacio, organizarse, y creer que otro modelo es posible. Nos enseñó que la esperanza no es ingenua. La esperanza es tozuda. Es volver a la plaza al día siguiente aunque llueva. Es reconstruir el cartel que rompieron. Es tender puentes entre colectivos, entre barrios, entre generaciones.y siempre con una sonrisa .
Su nombre suena en el corazón de las asambleas de barrio, en las mareas, en las plataformas de vivienda. No en los titulares, porque Iván nunca buscó protagonismo. Buscó pueblo. Buscó que la gente corriente recuperara la palabra.
Y por eso este memorándum no es despedida. Es compromiso.
Si Iván fue incansable, que lo seamos nosotras ahora.
Si Iván fue consciente, que despertemos nosotras cada día.
Si Iván creyó que la gente unida podía cambiar las cosas, que lo demostremos con hechos.
Su lucha no cabe ,Cabe en cada barrio que se organiza. Cabe en cada joven que pierde el miedo y toma la palabra. Cabe en cada vez que elegimos la solidaridad antes que el sálvese quien pueda.
Gracias, Iván, por tu entrega sin cálculo.
Gracias por recordarnos que la dignidad no se negocia.
Gracias por ser ejemplo de que se puede ser firme y tierno a la vez.
La plaza sigue viva porque gente como tú la regó. Y seguirá viva mientras la sigamos regando nosotras.
Hasta que todas seamos libres.
Hasta que todas estemos bien.
Las Palmas de Gran Canaria, junio 2026
Tu gente del 15M
miércoles, 17 de junio de 2026
Emoción y gratitud.
Nayra Pérez Hernández
Si que se publicara este librito -no siendo poeta o siendo no-poeta, al estilo Parra- es ya un regalo, más aún, que ayer se presentase arropado por tantas personas que forman parte de mi vida (familiares, amigos y compañeros viejos y nuevos, un buen puñado de calibanes, alumnos y hasta mis profes), a quienes debo tanto.
Otro regalo fue compartir presentación con Octavio Pineda y su "Luz fija variada con destellos", un poemario que nos "ciega" de belleza; que no hablásemos de "nuestro" libro, sino del de "el otro", porque la poesía, como la palabra, como la lengua, no es nunca nuestra.
Y que nos acompañasen en el acto las manos que los hicieron posible: Jorge Liria, capitán de la editorial Mercurio; Sergio Hernández, que mimó el d
iseño y la maquetación; y José Miguel Perera, editor de la colección que nos da cobijo. También estuvo Eugenio Padorno, en ausencia, maestro eterno y padre de El faro de La Puntilla.
Es tan imposible como inútil intentar contar un libro, menos de poesía. Yo solo quiero invitarles a bailar la calima: ese polvo que viene del desierto sahariano que nos molesta y nos hace al tiempo preguntarnos, dado su origen, por quiénes somos, ya solo geográficamente; conciencia de la calima que nos impide ver a los otros y reconocerlos como iguales; una calima que echa a perder la postal turística y nos habla de otra Canarias, de su pobreza y carencias... una calima que estando fuera anhelé tanto... una calima que hay que aprender a bailar, porque es real en nuestro existir, igual que Antígona baila con Ismene para matar al miedo en medio del horror.




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