domingo, 2 de agosto de 2026
La solidaridad no tiene fronteras: niños y niñas saharauis, jóvenes y mayores comparten experiencias en Taliarte
La Residencia de Taliarte vivió este sábado, 1 de agosto, una jornada marcada por la convivencia, el cariño y el intercambio de experiencias con la visita de los jóvenes de La Comunidad La Palabra que colaboran con la Pastoral de la Salud y algunos niños y niñas saharauis del proyecto Vacaciones en Paz. Todos compartieron una mañana muy especial junto a las personas mayores del centro.
Durante el encuentro, los participantes disfrutaron de diferentes actividades que favorecieron la interacción entre generaciones. Algunos se animaron a jugar una partida de dominó, mientras que otros aprovecharon la ocasión para conversar y escuchar las historias, recuerdos y vivencias de los residentes, creando un espacio de aprendizaje mutuo y enriquecimiento personal.
Más allá de la atención y el acogimiento que reciben durante su estancia en Gran Canaria, esta jornada puso de manifiesto que los niños saharauis también tienen mucho que ofrecer. Con su cercanía, alegría y disposición para compartir, demostraron que la solidaridad es un camino de ida y vuelta, en el que no solo reciben cariño, sino que también lo entregan, dejando una huella imborrable en quienes los acompañan.
La jornada concluyó con el convencimiento de que compartir tiempo y experiencias es una de las mejores formas de construir una sociedad más cercana, inclusiva y humana.
Agradecimiento al personal de la Residencia de Taliarte y a la Pastoral de la Salud por su compromiso, dedicación y colaboración, haciendo posible este valioso encuentro.
COGER LA BANDEJA PARA SERVIR
Como sociedad somos responsables de que el abandono escolar suceda. Estamos obligados a dar respuestas a estas situaciones estructurales antes de que un joven tome la decisión de abandonar el aula y su formación.
No vale parchear con apoyo económico a las familias que viven al límite. La situación de precariedad laboral y salarial influye mucho fruto de un modelo económico en desequilibrio permanente, bajo la anomalía de la dependencia del sector de servicios turísticos.
Un país sin jóvenes adecuadamente formados no puede avanzar hacia un equilibrio económico. No basta con contemplar becas suficientes, transporte y alojamiento para quienes necesitan estudiar fuera de su isla si luego no puede desempeñarse en su ámbito formativo.
Hemos de avanzar en orientación laboral, refuerzo educativo y una #FormaciónProfesional moderna, vinculada no solo al turismo, sino también a la tecnología, servicios financieros, a la energía, a la pequeña industria especializada, al comercio exterior, al desarrollo portuario y aeroportuario , impulsar el necesario sector primario, los cuidados y la economía del conocimiento,.......
No basta con pedir al alumnado que resista cuando en sus hogares hay necesidades económicas. Tenemos la obligación de construir las condiciones que le permitan desarrollarse y mirar al futuro con optimismo y dignidad.
Canarias registra un 15,9 % de abandono educativo temprano entre la población de 18 a 24 años, frente al 12,8 % del Estado , y ocupa la segunda peor posición como país dentro del Estado de España .
La facilidad para acceder rápidamente a trabajos temporales de baja remuneración y escasa poder adquisitivo con escasa exigencia formativa en la hostelería y el turismo actúa como una salida inmediata para jóvenes cuyas familias necesitan ingresos.
Pero lo que parece una oportunidad puede convertirse en una trampa de largo recorrido.
El problema no es coger una bandeja para servir. Todo trabajo digno merece nuestro respeto. El problema aparece cuando la pobreza obliga a cambiar formación por supervivencia, cuando la necesidad decide antes que la vocación y cuando nuestra economía ofrece a la juventud más puertas para servir que oportunidades para investigar, crear, emprender, producir conocimiento o desarrollar profesiones cualificadas.
No culpemos a los jóvenes por aceptar el empleo que tienen delante. Hagamos autocrítica como sociedad.
Durante décadas hemos normalizado un modelo que bate récords turísticos mientras mantiene bajos salarios, temporalidad, escasas posibilidades de progresión profesional y una limitada capacidad para generar valor añadido.
Después nos sorprendemos cuando una parte del alumnado concluye que estudiar durante años no garantiza una vida mejor.
La pobreza no solo reduce la renta familiar. Reduce el tiempo disponible, la concentración, las expectativas y hasta nuestra posibilidad de imaginar otro futuro.
En un hogar pendiente del alquiler, la alimentación o la factura eléctrica, continuar estudiando puede percibirse como un lujo. Esa necesidad de supervivencia inmediata termina alimentando nuestra dependencia económica futura con menor cualificación, menor productividad, salarios más bajos y mayor vulnerabilidad ante cualquier crisis turística.
Seguimos inmersos en la rueda de la dependencia que arrastra a la pobreza social de mera supervivencia. Estamos creando pobreza presente y futura. Sin ofrecer alternativas de oportunidades de progreso.
Necesitamos cumplir de manera efectiva el compromiso legal de destinar al menos el 5 % del PIB a la educación, reforzar las políticas contra la pobreza infantil y diversificar nuestra economía mediante empleos cualificados, estables y capaces de aportar valor.
La educación debe ser política de país irrenunciable. Quien no invierte en educación con garantías y planificación de futuro, condena a su población a la pobreza ,a la supervivencia , a la dependencia y a la sumisión.
No estamos únicamente ante una emergencia educativa. Estamos tomando una decisión sobre el país que tendremos dentro de veinte años.
Cuando empujamos a nuestros jóvenes a abandonar los estudios para ayudar en casa, no estamos ganando profesionales formados para impulsar economicamente el país, lo que estaremos haciendo es hipotecando talento, bienestar y futuro de la población canaria.
Ricardo González Roca Fonteneau
www.liberacioncanaria.org
contacto@liberacioncanaria.org
Liberación Canaria
Labels:
CANARIAS-ECONOMÍA,
CLASES SOCIALES,
TURISMO
sábado, 1 de agosto de 2026
El cultivo platanero ¿un modelo que necesita cambiar?
“Yo soy un pobre del campo, agricultor platanero…” Los Sabandeños.
El conflicto del plátano es un problema recurrente año tras año., un mercado que en su día tuvo una mayor proyección internacional y hoy depende en gran medida del consumo en Canarias y la península, con exportaciones puntuales a otros destinos. Esta situación vuelve a poner sobre la mesa el modelo económico que durante décadas ha protegido y favorecido a determinados grupos empresariales.
Es fundamental diferenciar entre los agricultores que cultivan el plátano y las empresas que lo comercializan.
Los agricultores son quienes asumen los riesgos de la producción, soportan las inclemencias del tiempo, el incremento de los costes y las incertidumbres del mercado. En muchas ocasiones denuncian que el precio que reciben por su producción no compensa sus costes, mientras que la comercialización concentra una parte importante del valor añadido de la cadena. Por ello, no resulta justo identificar los problemas del sector con quienes trabajan la tierra y hacen posible la producción.
Algunas de las grandes empresas del sector han protagonizado además episodios muy controvertidos. Entre ellas figura una empresa vinculada al desalojo de alrededor de 200 familias de un inmueble en Santa María de Guía, un hecho que ha generado una profunda preocupación social.
Muchas de estas grandes empresas reciben importantes subvenciones y bonificaciones públicas mientras obtienen elevados beneficios gracias al trabajo de miles de personas y en no pocos casos, su mayor mérito no ha sido innovar o emprender desde cero, sino gestionar un patrimonio empresarial heredado. Sin embargo, con demasiada frecuencia la maximización del beneficio económico parece situarse por encima de su responsabilidad social y de algo tan esencial como ofrecer productos de calidad a un precio justo para la población.
Por ello, considero que las ayudas públicas deberían orientarse prioritariamente hacia las cooperativas de trabajadoras y trabajadores, así como hacia quienes desarrollan una actividad económica basada en su propio esfuerzo. Son quienes conocen de primera mano el valor del trabajo, la importancia de sacar adelante a sus familias y a su comunidad, y la necesidad de compatibilizar la actividad económica con una vida digna.
También es necesario abrir un debate sobre la justicia fiscal. Grandes empresas reducen de forma significativa su carga tributaria mediante mecanismos de planificación fiscal permitidos por la legislación y diseñados por complejas estructuras de asesoramiento. Aunque esas prácticas puedan ser legales, resulta legítimo preguntarse si responden al principio de justicia fiscal que debería inspirar el sostenimiento de los servicios públicos.
Del mismo modo, es imprescindible reforzar los mecanismos de inspección y control para combatir el fraude, evitando el uso de falsas cooperativas o de falsos autónomos que precarizan las condiciones laborales y distorsionan la competencia.
Mientras escribo estas líneas, me viene a la memoria Víctor Jara. En “Las casitas del barrio alto” retrató como pocos las profundas desigualdades sociales. Y también resuenan aquellos versos de Los Guanijais:
La tierra me hace sudar,
la tierra me hace sufrir,
y usted, dueño de mi pan,
vive tan feliz
en la gran ciudad.
Y sigue resonando aquella copla popular que expresa el anhelo de justicia social:
“¿Cuándo querrá Dios del cielo
que la tortilla se vuelva, que la tortilla se vuelva,
que los pobres coman pan
y los ricos mierda?”
Javier Marrero
Labels:
CANARIAS,
CANARIAS-ECONOMÍA,
Javier Marrero
miércoles, 29 de julio de 2026
martes, 28 de julio de 2026
lunes, 27 de julio de 2026
Sirvientes del lujo viven en chabolas
Abalone Delveaux/facebook
Desde una de mis últimas columnas, he descubierto que existen dos Tenerifes. La de la gente que vive en ella y la que se agita en los comentarios.
En la primera, hay familias buscando una vivienda, trabajadores que duermen bajo una lona y alquileres que se han convertido en una especie protegida. En la segunda, todo es mucho más sencillo: los asentamientos ilegales están habitados únicamente por hippies sucios, marginados profesionales y parásitos agradecidos de vivir en una isla civilizada gracias al turismo.
Quiero tranquilizar a todo el mundo. ¡No tengo absolutamente nada contra el turista!
No tengo nada contra esa pareja belga que ahorra durante todo el año para pasar una semana en un H10. No tengo nada contra esa familia francesa que descubre el Teide con los ojos de un niño. Ellos son los invitados de esta isla. Vienen a buscar un poco de sol y regresan a casa con recuerdos. No deciden ni los alquileres, ni los salarios, ni el futuro de Tenerife.
Mi objetivo está en otra parte. Son quienes contemplan la isla como si fuera un balance contable. Quienes te explican, con esa condescendencia de vapeadora con líquido Red Astaire de TJuice y hojas de Excel, que sin el turismo los canarios seguiríamos viviendo en cuevas.
Esa frase me fascina.
La pronuncian personas que probablemente nunca han pisado un yacimiento guanche, pero que saben calcular al céntimo la rentabilidad de un metro cuadrado con vistas al mar.
Nos hablan de prosperidad como otros hablaban antaño de civilización. Vienen a traer el progreso a los indígenas. Ayer, Alonso Fernández de Lugo desembarcaba con una cruz. Hoy, los conquistadores llegan con un PowerPoint.
No niego ni por un segundo todo lo que el turismo ha aportado al archipiélago. Da de comer a miles de familias. Lo sé. Lo veo cada día. Pero existe una diferencia inmensa entre agradecer a un sector económico y levantarle un tabernáculo.
Porque cuando la prosperidad se convierte en una religión, cualquier crítica pasa a ser un sacrilegio.
Entonces nos enseñan los hoteles, las villas ostentosas, los empleos, los récords de visitantes, los millones de turistas... y apartan discretamente la mirada de quienes sirven los desayunos antes de regresar a dormir a una chabola.
Eso es lo que me molesta.
Seguimos hablando de los asentamientos como si nos hubiéramos quedado atrapados en los años setenta, cuando algunos hippies venían a buscar una libertad que Europa ya no sabía ofrecerles.
Sí, existieron. Sí, todavía existen. Sí, son unos guarros. Sí, fuman hachís. Sí, cagan entre los matorrales. Sí, roban. Sí...
Pero hoy, en esos asentamientos, también hay hombres y mujeres que se levantan antes del amanecer para mantener en marcha esa industria cuyos récords de beneficios nos venden cada trimestre. No piden caridad ni una medalla. Solo un lujo desmesurado: poder dormir bajo un techo de verdad.
Y quizá sea precisamente eso lo que más molesta a algunos. Porque a un hippie se le puede despreciar. A un trabajador pobre hay que explicarlo.
Así que seguimos llamándolos "marginados". Es mucho más cómodo. Las palabras tienen a veces la delicadeza de unas cortinas: ocultan aquello que no queremos ver.
Seguiré denunciando las ocupaciones ilegales que destruyen nuestra naturaleza. Seguiré defendiendo Tenerife de quienes la consideran un solar sin dueño.
Pero desconfiaré siempre mucho más de quienes me dicen: «Sin el turismo todavía irían vestidos con pieles de cabra». Los guanches vestían tamarcos. Nosotros llevamos traje. Ellos tenían un hogar. Algunos de quienes hoy hacen funcionar nuestra economía ni siquiera disfrutan ya de ese lujo. Ese es el progreso por el que, al parecer, deberíamos dar las gracias.
Las fotografías de Arturo Jiménez muestran la dirección que los folletos turísticos siempre olvidan imprimir. Aquí vive, de forma ilegal, desde hace diez años, una pareja de trabajadores del sector turístico junto a sus dos hijos. Ellos contribuyen a batir récords de visitantes. Los récords, en cambio, no contribuyen a pagar su alquiler.
En la primera, hay familias buscando una vivienda, trabajadores que duermen bajo una lona y alquileres que se han convertido en una especie protegida. En la segunda, todo es mucho más sencillo: los asentamientos ilegales están habitados únicamente por hippies sucios, marginados profesionales y parásitos agradecidos de vivir en una isla civilizada gracias al turismo.
Quiero tranquilizar a todo el mundo. ¡No tengo absolutamente nada contra el turista!
No tengo nada contra esa pareja belga que ahorra durante todo el año para pasar una semana en un H10. No tengo nada contra esa familia francesa que descubre el Teide con los ojos de un niño. Ellos son los invitados de esta isla. Vienen a buscar un poco de sol y regresan a casa con recuerdos. No deciden ni los alquileres, ni los salarios, ni el futuro de Tenerife.
Mi objetivo está en otra parte. Son quienes contemplan la isla como si fuera un balance contable. Quienes te explican, con esa condescendencia de vapeadora con líquido Red Astaire de TJuice y hojas de Excel, que sin el turismo los canarios seguiríamos viviendo en cuevas.
Esa frase me fascina.
La pronuncian personas que probablemente nunca han pisado un yacimiento guanche, pero que saben calcular al céntimo la rentabilidad de un metro cuadrado con vistas al mar.
Nos hablan de prosperidad como otros hablaban antaño de civilización. Vienen a traer el progreso a los indígenas. Ayer, Alonso Fernández de Lugo desembarcaba con una cruz. Hoy, los conquistadores llegan con un PowerPoint.
No niego ni por un segundo todo lo que el turismo ha aportado al archipiélago. Da de comer a miles de familias. Lo sé. Lo veo cada día. Pero existe una diferencia inmensa entre agradecer a un sector económico y levantarle un tabernáculo.
Porque cuando la prosperidad se convierte en una religión, cualquier crítica pasa a ser un sacrilegio.
Entonces nos enseñan los hoteles, las villas ostentosas, los empleos, los récords de visitantes, los millones de turistas... y apartan discretamente la mirada de quienes sirven los desayunos antes de regresar a dormir a una chabola.
Eso es lo que me molesta.
Seguimos hablando de los asentamientos como si nos hubiéramos quedado atrapados en los años setenta, cuando algunos hippies venían a buscar una libertad que Europa ya no sabía ofrecerles.
Sí, existieron. Sí, todavía existen. Sí, son unos guarros. Sí, fuman hachís. Sí, cagan entre los matorrales. Sí, roban. Sí...
Pero hoy, en esos asentamientos, también hay hombres y mujeres que se levantan antes del amanecer para mantener en marcha esa industria cuyos récords de beneficios nos venden cada trimestre. No piden caridad ni una medalla. Solo un lujo desmesurado: poder dormir bajo un techo de verdad.
Y quizá sea precisamente eso lo que más molesta a algunos. Porque a un hippie se le puede despreciar. A un trabajador pobre hay que explicarlo.
Así que seguimos llamándolos "marginados". Es mucho más cómodo. Las palabras tienen a veces la delicadeza de unas cortinas: ocultan aquello que no queremos ver.
Seguiré denunciando las ocupaciones ilegales que destruyen nuestra naturaleza. Seguiré defendiendo Tenerife de quienes la consideran un solar sin dueño.
Pero desconfiaré siempre mucho más de quienes me dicen: «Sin el turismo todavía irían vestidos con pieles de cabra». Los guanches vestían tamarcos. Nosotros llevamos traje. Ellos tenían un hogar. Algunos de quienes hoy hacen funcionar nuestra economía ni siquiera disfrutan ya de ese lujo. Ese es el progreso por el que, al parecer, deberíamos dar las gracias.
Las fotografías de Arturo Jiménez muestran la dirección que los folletos turísticos siempre olvidan imprimir. Aquí vive, de forma ilegal, desde hace diez años, una pareja de trabajadores del sector turístico junto a sus dos hijos. Ellos contribuyen a batir récords de visitantes. Los récords, en cambio, no contribuyen a pagar su alquiler.
domingo, 26 de julio de 2026
El mar hecho sopa de grasas
No estoy diciendo que no haya que proteger la piel del sol, pero sí creo que probablemente estamos abusando de las cremas solares.
Se anuncian tanto que casi tienen más publicidad que la campaña de la Ecoisla del Cabildo de Gran Canaria.
Hay muchas formas de protegerse, una sombrilla, una camisa, una tela blanca, un cachorro, buscar la sombra en las horas de mayor radiación y mejor ir cuando afloja.
Incluso existen sombrillas con protección frente a los rayos UV, eso sí, sin obsesionarnos tampoco con bloquear hasta el último rayo, porque el sol también es necesario.
Lo que no me parece muy lógico es que, para cuidar nuestra piel, estemos llenando el mar de sustancias que afectan a la vida marina. El agua acaba con una película aceitosa, las espumas se acumulan en la orilla y cangrejos, lapas, burgados, gueldes y boquerones terminan tragándolo , cuando ya bastante tienen, como para tener que ponerse factor 50 por dentro y por fuera.
¿De verdad hace falta que las cremas lleven esos perfumes tan intensos? En la playa a veces parece que uno está en una perfumería o que se te cayó el bote colonia al piso.
Si el objetivo es proteger la piel, ¿por qué no hacerlas inodoras, el aroma también protege del sol o es otra forma de hacer publicidad?
Cuidemos nuestra piel, sí, pero cuidemos también el mar, que es el mejor protector que tenemos y no puede ponerse crema para defenderse de nosotros.
Cuidemos nuestra piel, sí, pero cuidemos también el mar, que es el mejor protector que tenemos y no puede ponerse crema para defenderse de nosotros.
No digo que solo sean las cremas solares, que está comprobado que algunas contienen ingredientes que afectan a determinados ecosistemas marinos, especialmente en las playas más concurridas. ¿Pero realmente son necesarios tantos miles de litros de cremas?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)












