jueves, 9 de julio de 2026
jueves, 2 de julio de 2026
Onalia Bueno: Mogán y el Papa en Arguineguín
jueves, 12 de febrero de 2026
Paco Vaquero ¿Podríamos tener una mejor democracia?
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¿De qué hablamos hoy cuando hablamos de valores democráticos?
Hoy se nombran constantemente los valores democráticos. Se invocan en discursos institucionales, en campañas electorales, en declaraciones solemnes, en celebraciones oficiales. Algunos discursos los presentan como algo evidente, casi natural. En otros, la impresión es que se los nombran como por obligación; en otros como baluartes a defender ante el avance del irracionalismo y los extremismos tan en boga.
Precisamente por eso conviene detenerse y hacerse una pregunta incómoda:
¿qué se entiende hoy, realmente, por valores democráticos?
Porque si se escucha con atención, lo que aparece una y otra vez es una versión reducida, empobrecida y profundamente domesticada de la democracia. Una democracia convertida en procedimiento, casi un ritual. Un acto puntual que se ejerce cada cierto número de años y que consiste, básicamente, en elegir entre opciones previamente definidas por otros.
Votar, sí. Pero poco más.
La democracia liberal contemporánea ha logrado algo muy eficaz: presentarse como el único
horizonte posible, mientras vacía de contenido el sentido profundo de lo democrático.
Se nos dice que vivimos en democracia porque votamos, porque existen instituciones, porque
hay división (formal) de poderes. Y sin embargo, cada vez más personas sienten —aunque no
siempre sepan expresarlo— que no deciden sobre lo que afecta a sus vidas, que no influyen
realmente no solo en las grandes orientaciones económicas, sociales o culturales, sino en lo que
atañe a su día a día directo donde, a trancas y barrancas, se esfuerzan por sacar adelante sus
aspiraciones.
Cada vez más personas sienten, que su participación termina exactamente donde empieza lo importante.
Aquí aparece la primera gran manipulación, confundir:
- democracia con legalidad,
- democracia con procedimiento,
- democracia con “estabilidad del sistema”.
Desde una mirada humanista, esto es claramente insuficiente. En realidad es el gran problema de raíz.
Porque la democracia no es solo una forma de organizar la sociedad (incluyendo el poder):
es una forma de entender al ser humano y su proceso de desarrollo.
Y ahí es donde los llamados “valores democráticos” revelan su verdadero alcance, o su
vaciamiento.
Desde esta perspectiva, el valor de la no violencia no es un adorno moral ni una consigna
ingenua: justamente es un valor democrático central.
No hay democracia allí donde la violencia — en cualquiera de sus expresiones: física, económica,
psicológica, emocional, género, cultural, religiosa..— organiza la vida social.
No hay democracia cuando se normaliza la exclusión, la precariedad, el miedo o la humillación
como mecanismos de gobierno.
Del mismo modo, la igualdad de oportunidades no puede reducirse a una fórmula retórica. No
basta con proclamar que “todos somos iguales ante la ley” si las condiciones materiales de
partida hacen esa igualdad irrelevante.
Una democracia que acepta como normal que el lugar de nacimiento, la clase social, el género,
las creencias religiosas, la cultura o el acceso a recursos determine el destino de las personas es
una democracia fallida y profundamente limitada.
Y por supuesto, nunca habrá una verdadera democracia mientras el patriarcado como
sistema rector, siga operando.
Lo mismo ocurre con la llamada separación de poderes. No como esquema formal, sino como realidad efectiva. Porque cuando los poderes económicos condicionan de forma sistemática a los poderes políticos; cuando los medios de comunicación moldean la opinión pública al servicio de intereses concentrados; cuando el poder judicial se politiza o se instrumentaliza, la separación de poderes deja de ser un valor democrático y se convierte en una ficción. Y eso hace mucho que ya sucedió.
El problema no es solo que estos valores se incumplan.
El problema es que se redefine la democracia para que no sea necesario cumplirlos.
Así, se nos invita a defender “la democracia” mientras se restringe la capacidad real de elegir. Se nos pide adhesión a los valores democráticos mientras se desactiva la participación, se fragmenta a la sociedad y se reduce lo político a una gestión técnica de lo inevitable, o una discusión entre “quienes saben”.
Frente a esta deriva, el Nuevo Humanismo propone un desplazamiento profundo:
volver a situar al ser humano —a cada ser humano— como valor central y no como medio.
Desde ahí, la democracia deja de ser un simple sistema representativo y pasa a ser un proceso vivo, en el que las personas no solo eligen representantes, sino que participan, deliberan, deciden y construyen. Y lo que es más importante: se responsabilizan de sus decisiones. Esto es: una democracia donde la libertad no es solo formal, la igualdad no es solo jurídica (si es que eso existe) y la participación no es solo simbólica.
No se trata de idealizar ni de negar las conquistas históricas. Se trata de no confundir el punto de llegada con el punto de partida, ni el mínimo aceptable con el máximo deseable. Se trata de recuperar el sentido perdido de palabras que han sido gastadas por el uso interesado, y recuperarlos ejerciendo en la práctica los derechos que tenemos las personas. Los derechos que han sido hurtados históricamente: la votación directa de leyes, la elección directa de tribunales y fiscalías, la presentación de iniciativas legislativas, el respeto a las minorías..entre otros.
Porque cuando todo se llama democracia, incluso lo que la vacía, la tarea más urgente no es defenderla sin crítica, sino redefinirla desde los valores humanistas.
Se trata de hacer efectivo mediante la acción el hecho de que la democracia no empieza en las urnas, sino mucho antes: en la manera en que nos relacionamos, en cómo resolvemos los conflictos, en cuánto poder real tenemos para decidir sobre nuestra propia vida y sobre el mundo que compartimos.
La democracia empieza ahora.
(Paco Vaquero, lunes, 26 de enero de 2026 invierno hemisferio norte)
miércoles, 31 de diciembre de 2025
Camilo no sería tránsfuga
Rafael Álvarez Gil/https://www.rafaelalvarezgil.com
Camilo no sería tránsfuga porque estaba hecho de otra pasta. Y porque entendería, porque fue causante y protagonista, lo que Santa Lucía de Tirajana representa para NC: origen, feudo electoral y territorio sociopolítico en el que se ancla el relato de esta organización y la trayectoria política que le precede desde los primeros comicios municipales de 1979.
Camilo no sería tránsfuga porque su entrega política meció entre el compromiso social cristiano y el socialismo autogestionario. Lo del nacionalismo vendría adentrándose luego o poco a poco. Combatir la desigualdad y la pobreza, tanto en Canarias como en un mundo ya más globalizado que el del año 2000 cuando falleció, precisa de principios sólidos.
En 2025, cuando asola el transfuguismo, y brota la creencia de que Camilo no sería tránsfuga, seguro que en más de una ocasión tanto Camilo Sánchez como aquellos que bregaron durante décadas y que ya no están por haber fenecido, habrán pasado por la cabeza de Carmelo Ramírez. El tirajanero se siente heredero y, por ende, corresponsable de salvaguardar el esfuerzo de los que le acompañaron en este viaje político.
Huelga decir que el problema que anida en el transfuguismo no es que una persona libremente se vaya de una organización política a otra, faltaría más, sino que lo hace reteniendo el acta que cosechó gracias a unas siglas y a una confianza del electorado que depositó su voto en esa lista (y no en otra).
Para obtener 16 concejales, como aconteció en 1999, hace falta mucha confianza generada entre la ciudadanía. Eso no cae del cielo. Ni es producto del obrar de uno solo sino de muchos. El que fuera regidor de Santa Lucía de Tirajana (1995-2000) afrontó la muerte anunciada con una entereza encomiable, sostenida por su fe cristiana, por la plena convicción de la trascendencia. Una persona de una sola pieza.
martes, 18 de noviembre de 2025
jueves, 19 de junio de 2025
sábado, 8 de junio de 2024
jueves, 21 de marzo de 2024
jueves, 22 de febrero de 2024
lunes, 24 de julio de 2023
viernes, 23 de junio de 2023
domingo, 11 de junio de 2023
jueves, 18 de mayo de 2023
domingo, 14 de mayo de 2023
viernes, 28 de abril de 2023
jueves, 27 de abril de 2023
viernes, 31 de marzo de 2023
miércoles, 8 de febrero de 2023
PROGRAMAS ELECTORALES CONTRA EL DESFILFARRO
1.- Establecer mecanismos permanentes de control de datos que permitan ir mejorando este problema, y que los trabajadores puedan influir en ello.
2.- Análisis de la situación actual en el ámbito de nuestra competencia contando para ello con servicios existentes en la institución.
3.-Conocer y dar a conocer otras estrategias alimentarias.
4.-Proponer en los comedores escolares estrategias desde abajo respecto a hábitos saludables de:
- No tirar comida
- Calidad en los productos
- Analizar y preferir productos locales y de temporada.
- Analizar los proveedores.
5.-Facilitar mercados locales
6.-Abrir los centros cívicos a talleres de reaprovechamiento de alimentos, charlas de conciencia, reciclaje y lo que propongan diferentes grupos de solidaridad y de ecología solidaria.
7.-Analizar la compra pública y dar la responsabilidad a los trabajadores para que puede disminuir el derroche en comedores, centros de ancianos, centros de menores, hospitales y otras instituciones…
8.- Tener en cuenta la disminución del derroche a la hora de abrir contrataciones
9.- Revisar el papel de los Bancos de alimentos y otras formas de reparto asistencial.
10.- Conocer y desarrollar formas de aprovechamiento de alimentos excedentes.




















