lunes, 27 de julio de 2026

Sirvientes del lujo viven en chabolas




Abalone Delveaux/facebook

Desde una de mis últimas columnas, he descubierto que existen dos Tenerifes. La de la gente que vive en ella y la que se agita en los comentarios.

En la primera, hay familias buscando una vivienda, trabajadores que duermen bajo una lona y alquileres que se han convertido en una especie protegida. En la segunda, todo es mucho más sencillo: los asentamientos ilegales están habitados únicamente por hippies sucios, marginados profesionales y parásitos agradecidos de vivir en una isla civilizada gracias al turismo.

Quiero tranquilizar a todo el mundo. ¡No tengo absolutamente nada contra el turista!

No tengo nada contra esa pareja belga que ahorra durante todo el año para pasar una semana en un H10. No tengo nada contra esa familia francesa que descubre el Teide con los ojos de un niño. Ellos son los invitados de esta isla. Vienen a buscar un poco de sol y regresan a casa con recuerdos. No deciden ni los alquileres, ni los salarios, ni el futuro de Tenerife.

Mi objetivo está en otra parte. Son quienes contemplan la isla como si fuera un balance contable. Quienes te explican, con esa condescendencia de vapeadora con líquido Red Astaire de TJuice y hojas de Excel, que sin el turismo los canarios seguiríamos viviendo en cuevas.

Esa frase me fascina.

La pronuncian personas que probablemente nunca han pisado un yacimiento guanche, pero que saben calcular al céntimo la rentabilidad de un metro cuadrado con vistas al mar.

Nos hablan de prosperidad como otros hablaban antaño de civilización. Vienen a traer el progreso a los indígenas. Ayer, Alonso Fernández de Lugo desembarcaba con una cruz. Hoy, los conquistadores llegan con un PowerPoint.

No niego ni por un segundo todo lo que el turismo ha aportado al archipiélago. Da de comer a miles de familias. Lo sé. Lo veo cada día. Pero existe una diferencia inmensa entre agradecer a un sector económico y levantarle un tabernáculo.

Porque cuando la prosperidad se convierte en una religión, cualquier crítica pasa a ser un sacrilegio.

Entonces nos enseñan los hoteles, las villas ostentosas, los empleos, los récords de visitantes, los millones de turistas... y apartan discretamente la mirada de quienes sirven los desayunos antes de regresar a dormir a una chabola.

Eso es lo que me molesta.

Seguimos hablando de los asentamientos como si nos hubiéramos quedado atrapados en los años setenta, cuando algunos hippies venían a buscar una libertad que Europa ya no sabía ofrecerles.

Sí, existieron. Sí, todavía existen. Sí, son unos guarros. Sí, fuman hachís. Sí, cagan entre los matorrales. Sí, roban. Sí...

Pero hoy, en esos asentamientos, también hay hombres y mujeres que se levantan antes del amanecer para mantener en marcha esa industria cuyos récords de beneficios nos venden cada trimestre. No piden caridad ni una medalla. Solo un lujo desmesurado: poder dormir bajo un techo de verdad.

Y quizá sea precisamente eso lo que más molesta a algunos. Porque a un hippie se le puede despreciar. A un trabajador pobre hay que explicarlo.

Así que seguimos llamándolos "marginados". Es mucho más cómodo. Las palabras tienen a veces la delicadeza de unas cortinas: ocultan aquello que no queremos ver.

Seguiré denunciando las ocupaciones ilegales que destruyen nuestra naturaleza. Seguiré defendiendo Tenerife de quienes la consideran un solar sin dueño.

Pero desconfiaré siempre mucho más de quienes me dicen: «Sin el turismo todavía irían vestidos con pieles de cabra». Los guanches vestían tamarcos. Nosotros llevamos traje. Ellos tenían un hogar. Algunos de quienes hoy hacen funcionar nuestra economía ni siquiera disfrutan ya de ese lujo. Ese es el progreso por el que, al parecer, deberíamos dar las gracias.

Las fotografías de Arturo Jiménez muestran la dirección que los folletos turísticos siempre olvidan imprimir. Aquí vive, de forma ilegal, desde hace diez años, una pareja de trabajadores del sector turístico junto a sus dos hijos. Ellos contribuyen a batir récords de visitantes. Los récords, en cambio, no contribuyen a pagar su alquiler.