Se fue como vivió, envuelto en el anonimato, silencioso, taciturno. Se lo tragó la tierra, desapareció. Se marchó dejando tras de sí desconcierto, congoja, asombro primero, un millón de interrogantes después, y una sensación difusa e imprecisa de culpabilidad en el corazón. Podríamos haber hecho mucho más, la sociedad entera podría haber hecho mucho más por él, sin duda. A la fragilidad física se unía ese escaso nivel de comunicación que permitía la traqueotomía. En este mundo acelerado de prisas y poca atención personal, ¿quién detenía el paso y se acercaba a pocos centímetros para tratar de escuchar y acoger esa voz imperceptible? Más aún cuando la desorientación que lo atenazaba producía en él una gran confusión de espacio y tiempo.
Hace ya un mes de esto. Encerrado en su mundo, tan incomunicado como estaba, ¿qué perspectivas de futuro, sueños, esperanzas lo mantenían expectante, le daban motivos para afrontar el día a día, para emprender esos largos paseos que saboreaba con gusto? Era un hombre culto, devoraba lecturas, probablemente urdió un plan, decidió lanzarse a la aventura. Ojalá así haya sido.
Desde el respeto debido al misterio que representa cada vida, cualquier desaparición supone un impacto doloroso, un golpe seco que desajusta y desestabiliza. Y por eso mismo es una desafiante llamada de atención, una invitación acuciante a abrir bien los ojos para estar pendientes de las necesidades de los vulnerables. Y todo ello, para honrar al débil, para cuidar el amor hasta el final. Y eso no es un gesto menor. Es una forma de estar en el mundo. Es una manera de creer. Frente a la prisa que descarta, frente a la utilidad que mide el valor de las personas, frente a la cultura que abandona lo que ya no sirve, la escena desgarradora de la desaparición nos habla de otra lógica: la lógica del cuidado. La lógica del amor fiel. La lógica de Dios.
Porque cuidar es detenerse, cuidar es inclinarse. Cuidar es reconocer que el otro no es un objeto, sino un misterio. Y también un regalo, la justificación de nuestra existencia en la tierra. La cultura del cuidado no es una idea. Es una decisión. Es un compromiso. Es una forma concreta de vivir. Se expresa en gestos pequeños: en la escucha paciente, en la presencia que acompaña, en la mano que sostiene, en la palabra que consuela, en el tiempo regalado. Se expresa cuando dejamos de preguntarnos “¿para qué sirve?” y comenzamos a preguntarnos “¿cómo puedo amar?”.
Que la rotura dolorosa que deja tras de sí la desaparición de nuestro amigo, como la de tantos otros, nos ayude a comprender que el cuidado no termina cuando ya no hay respuesta. Que la dignidad no depende de la utilidad. Que toda vida, también la frágil, también la herida, también la aparentemente inútil, merece ser acogida, respetada y amada. Porque toda desaparición repentina es una llamada a ser mujeres y hombres del cuidado. Una llamada a reconstruir una cultura donde nadie sea descartado. Que aprendamos a detenernos ante el sufrimiento del otro.
