martes, 5 de mayo de 2026

Inesperada muerte de Momo. "Nada hay ajeno"

De un amigo



Jerónimo Brito Suárez, Momo, nos dejó ayer. Una hemorragia cruel acabó con su vida en la ambulancia que le traía desde Mogán. Momo era bombero jubilado. Atendiendo durante décadas a las víctimas de incendios, accidentes de circulación y demás escenarios pavorosos, que es el día a día de los bomberos, Momo había desarrollado una enorme capacidad de compasión hacia los seres humanos. Se ponía en su piel, escuchaba y acogía, hacía suyo el dolor ajeno (nada hay ajeno, decía), y mitigaba su desesperanza con una palabra y un gesto de honda humanidad.

Momo llevaba en su cuerpo la fragilidad propia de una profesión que deja graves secuelas. La exposición a sustancias cancerígenas hace que los bomberos tengan un riesgo de cáncer bastante superior a la población general. De hecho, Momo ya había superado un cáncer, y se sentía con fuerzas y con ganas de darlo todo por trasladar al día a día esa compasión que tanto le atraía y que le impulsaba en cada momento.

Hace unos días tuvimos un feliz encuentro, la sintonía fue inmediata. Quedé impactado por la calidad humana de un ser excepcional capaz de mirar más allá de todo. De vuelta de todo, tan solo deseaba servir, comunicar respaldo incondicional a los que más sufren. Y pidió ser admitido entre los voluntarios de Cuidados Paliativos del Hospital Negrín, y en el voluntariado de Pastoral de la Salud del Hospital Insular. No se reservaba, no, ponía en juego todas sus capacidades. De hecho, ya nos había enviado los documentos que solicita el Insular, y tenía cita concertada con la responsable de los voluntarios del Negrín para lanzarse en seguida a la aventura.

Momo ya era uno de nosotros. Solo faltaba su presencia física, que nos habría aportado un vendaval de vida, sin llamar la atención habría hecho grandes y hermosos actos de servicio. Por eso, en silencio, sobrecogidos ante el misterio de la existencia, de la vida y de la muerte, solo nos queda darte gracias, Jerónimo. Gracias por tantos años de servicio abnegado, gracias por esa preciosa compasión que aprendiste a desarrollar, gracias por tu anhelo de venir con nosotros a servir a los enfermos. Y, por lo que me toca, gracias infinitas por tus ganas de acompañar el camino de los pacientes terminales. Un lujo haberte conocido, Momo. Tu tesón y tu altura de miras nos deja un legado valioso. Descansa en paz, amigo. Goza de esa Vida que tanto contribuiste a ir edificando.