lunes, 20 de abril de 2026

LA COMPASIÓN, CLAVE DE CONVIVENCIA - DESDE LOS PASILLOS DEL HOSPITAL ENTRE EL TRAJÍN DE ACOMPAÑAMIENTO A LOS ENFERMOS

En los pacientes de la planta de los así mal llamados “casos sociales” no se dibujaban precisamente semblantes risueños, no obstante el jolgorio festivo de los villancicos entonados al son de panderos. Aquí y allá vagaban abatidos rostros taciturnos, miradas heridas de melancolía, como añorando ese calor humano que se esperaba recibir de los suyos, ahora alejados y tan ansiados. En sus manos temblorosas, un viejo teléfono móvil como última esperanza de que algún vástago se compadezca y llame. Desconsuelo y una pesadumbre hirientes emborronaban el regocijo propio de las fechas. Un escenario en el que Jesús se habría estremecido con una fuerte conmoción de entrañas, sin duda.

Nuestra civilización, tan rica en avances que facilitan la vida, con tantos recursos a su disposición, pero aún sujeta a ambiciones descontroladas y rea por desgracia de un desbocado consumismo, se cobra un alto precio deshumanizador. La cultura de las prisas, de lo inmediato y efímero, del descarte y de la indiferencia incita a cerrar los ojos a las necesidades y sufrimientos de alrededor, y lleva así aparejado el afluir de numerosas víctimas indefensas amalgamadas bajo el denominador común de una soledad lacerante. Conflictos familiares larvados a causa de ambiciones corrosivas, comunicación deficiente, alejamiento físico y mental, disolución de lazos afectivos y de apoyo que generan inestabilidad y problemas mentales, condiciones físicas precarias que demandan asistencia continuada..., un rosario de circunstancias superables si se desean poner los medios, agravantes e infranqueables en el caso opuesto. Y, como conclusión, un devastador desamparo y aislamiento.

Pensándolo bien, este estado de cosas no es más que un gigante con pies de barro, destinado a derrumbarse ruinosamente y a desaparecer sin dejar rastro. Porque cuando esta cultura torticera parece tener la sartén por el mango en realidad ya está derrotada por su propia futilidad e insignificancia. La pena es que, mientras tanto, deja heridos graves por el camino. De ahí la necesidad de una dosis enorme de coraje y audacia para ir introduciendo firmes procesos alternativos, que, sin duda, terminarán por derrumbar al gigante. Procesos que brotan siempre de la compasión, al amparo de ella se despliegan y confluyen en una compasión reconciliada y reconciliadora.

Sí, la compasión es la clave de la convivencia y el secreto de la amistad social, la luz que permite vislumbrar horizontes de esperanza para la humanidad, desterrando esa paralizadora tenebrosidad que pretende arrebatarnos el aliento. Vivirla es un reto y una aventura siempre nueva. Obviamente es mucho más que sentir empatía o lástima. Hablamos de la herramienta clave de la convivencia, que, por eso mismo, abarca aspectos de justicia, de deber, de solidaridad, y que a todos afecta. Ese deseo genuino de ayudar y el compromiso para hacerlo derivados de y asociados a la compasión, no son algo opcional: cultivar la capacidad de conectarse hondamente con el dolor ajeno y actuar en consecuencia es una obligación esencial de todo ser humano, es la primera asignatura de la vida. Porque lo que más nos caracteriza como especie no es sino la determinación a llenar los vacíos y a sanar las heridas propias y de los demás, que surge de lo profundo del ser humano al presenciar el sufrimiento e impulsa a aliviar ese dolor.

Ahora bien, lejos de remitir -a la defensiva- a una actitud servil, apocada, pusilánime, la compasión de que hablamos representa un talante audaz, osado ante la existencia, porque pone en el centro la justicia y el reconocimiento de la dignidad de todo ser humano. Tras haberse jugado la vida, día a día, contribuyendo en primera persona a la salvación de centenares de judíos en el gueto de Varsovia durante los años siniestros de la segunda guerra mundial, Irena Sendler afirmó que cada niño salvado con su ayuda no había sido un título para su gloria sino la justificación de su existencia en la Tierra. Y expresaba su profunda angustia por no haber podido salvar más niños, mientras rechazaba con frialdad todo tipo de reconocimientos o premios, pues los verdaderos héroes para ella fueron aquellos que no sobrevivieron, masacrados bajo el rodillo cruel de la falta más absoluta de compasión. Una compasión, así pues, que moviliza todas las fuerzas del ser humano para adoptar decisiones arriesgadas más allá del propio confort y seguridad.

La compasión conduce a asumir como propio el dolor y también la inconsistencia ajena, acogiendo en la paz el desconcierto y la oscuridad que se cierne sobre el vecino. A tal fin, una premisa que se antoja del todo imprescindible es renunciar conscientemente a toda ambición de ostentar poder, dejando a un lado deliberadamente esa mentalidad obtusa que abre franjas entre aquellas personas que, supuestamente, están por debajo y por tanto son objeto de sometimiento, y aquellas otras que, supuestamente, están por encima y se les rinde pleitesía, pero a las que en definitiva se desearía también someter. Gandhi invitaba a ser uno mismo el cambio que quiere ver en el mundo, y en este ámbito del ejercicio del poder estriba a buen seguro uno de los desafíos de autenticidad más relevantes para dar cauce a la compasión.

De pie, al borde del lecho del dolor de los enfermos, caigo en la cuenta a menudo de que mañana seré yo quien se encuentre tumbado y necesitado de afecto y consuelo. Hoy, de momento, puedo acercarme descalzo a su vera. Ellos me ponen en mi sitio y, además de otras muchas lecciones (resiliencia, coraje, sabiduría, prudencia, esperanza, fe, serenidad), me enseñan el alcance de la solidaridad. En muchos casos son maestros de compasión, porque lejos de recluirse en su mundo, vuelven con frecuencia su mirada dolorida hacia las víctimas inocentes de las guerras, hacia quienes se hallan en situaciones peores que las suyas, mostrando así que no es imprescindible estar sanos para ser compasivos.

Porque, efectivamente, es la compasión la que nos hace estar sanos y no al revés. Y ello requiere asimismo el ejercicio resuelto de dar lo mejor de sí sin delegar en nadie. Dar lo mejor de sí es equivalente a crecer en compasión y solidaridad hacia el débil. Supone aportar ese poco o mucho (siempre mucho en el caso del enfermo) que uno puede extraer de su patrimonio para compartir y generar vida en su entorno. Y ésa es la gran oportunidad -y la gran responsabilidad también- del paciente para seguir creciendo por momentos.

No es adecuado, así pues, ni tampoco sabio ni oportuno invadir el espacio del enfermo ni pretender reemplazar su obligación de seguir dando lo mejor hasta el final. Apoyar, fomentar, simplificar siempre, pero absorber y sustituir nunca. En otras palabras, el ejercicio puntual de ponerse en la piel del otro es siempre saludable, ayuda a relativizar y observar con distancia la propia realidad. Pero la piel del otro es del otro, y nadie puede apropiarse de ella y mucho menos adherírsela al cuerpo, porque el resultado es un ser contrahecho, deforme.

Lo que se nos pide es acompañar desde la ternura el proceso de crecimiento humano del hermano enfermo, un recorrido que no termina nunca por cierto, para que sea él, ella, quien transite su sendero con dignidad y esperanza. Levántate y anda, alentó Jesús al paralítico de Betesda mientras lo sanaba. Manifestaba de ese modo la invitación enérgica a superar las distintas limitaciones que lo amedrentaban, así como la apertura esperanzada hacia un nuevo modelo de vida plenamente humano, libre ya de sujeciones de ninguna clase. Y el paralítico se volvió un enfermo muy sano, acorde al beneficio prodigioso de la compasión.

Fruto de la compasión experimentada y buscada, apreciamos a diario en los pasillos y habitaciones de los hospitales el hermoso desplegarse de un esfuerzo sincero de autenticidad en circunstancias amargas de la vida. Es algo que debería extenderse a cada rincón de la sociedad. Puesto que la compasión, lejos de limitarse a una mera actitud personal intimista, remite, en efecto, a una virtud social. Para ser compasivos en la convivencia hemos sido creados, a ello responde nuestra constitución biológica, mental, ésa es la orientación y razón de ser de nuestras necesidades y recursos. Es contraproducente, por ello, diferenciar el reducido ámbito familiar de esa otra dimensión más extensa de la vida política: todas ellas son expresiones de un único proyecto de vida, estrechamente relacionadas entre sí. Si la compasión se tambalea en una de las dimensiones de la vida, simultáneamente renquea en todas.

¿Para cuándo una propuesta política valiente, decidida, generosa, que apueste sin cortapisas por la solidaridad compasiva? Un entendimiento de esa naturaleza probablemente tenga mucho que ver con la necesidad de ir construyendo procesos nuevos que prioricen la consolidación de redes humanas iluminadas por el amor al prójimo como guía de actuación social. Es la clave para ir derribando ese gigante con pies de barro.

Es cierto que la enfermedad golpea y desnuda a las personas, colocándolas ante su frágil verdad. Pero no lo es menos que la compasión, propia y ajena, las reviste de una dignidad ilimitada que ninguna enfermedad puede pisotear. Sin olvidar que estamos en buenas manos, pues la compasión de Jesús es reflejo del corazón de Dios e invitación a la transformación. Una compasión que nos conduce a actuar movidos por el amor compasivo hasta el final, ofreciendo reconciliación, paz, perdón ante las adversidades, e ilusión ante los retos y obsequios que nos aguardan en cada recodo del camino.

Antonio Paneque Sosa

Servicio religioso del Hospital de Gran Canaria Dr. Negrín